Big Data y el Apocalipsis conmensurable

Los números, en cuyo imperio vivimos, han sido tradicionalmente utilizados para dotar de verosimilitud a los relatos fantásticos

El otro día tuve la oportunidad de entrevistar públicamente a Vicente Verdú. El sociólogo y periodista presentaba en el Club Faro su libro “Apocalipsis Now”, una ingeniosa interpretación del Apocalipsis de San Juan aplicada a nuestros días, con un Dios anciano y olvidadizo y una Angela Merkel que lleva tatuado en la frente el número de la Bestia. Verdú describió con una entonación cadenciosa, casi salmódica, un presente desolador y un futuro incierto. El Apocalipsis es el epílogo de la contribución de san Juan a la Biblia, probablemente el mismo Juan que había iniciado el prólogo de su Evangelio: “En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios y el Verbo era Dios”. Verdú se mostró seguro al profetizar la muerte de la palabra; de la lectura profunda: del pensamiento.

Y, mientras la palabra languidece, imperan los números (“El imperio de los números” es el título de uno de los capítulos de “Apocalipsis Now”). Ya sea el 4, el 7, el 666 o el 144.000, los números adquieren un gran protagonismo en el Apocalipsis de San Juan. El número es una forma de vestir de credibilidad un relato fantástico. 12 eran los Pares de Francia; y cada uno de los cuernos del Toro del Cielo en el poema sumerio de Gilgamesh estaba compuesto de 30 minas de lapislázuli, con una capa superior de 2 dedos de grosor y una capacidad de 6 medidas de aceite. Y, como siempre, magistral, Cervantes se burla de este recurso cuando cifra en 1.000.000 los avemarías que Don Quijote habría rezado.

Un artículo publicado por The New York Times el pasado día 16, firmado por Zeynep Tufekci, recordaba en su encabezamiento la frase del preso número 6 en la serie americana “The Prisoner”: “Yo no soy un número. Soy un hombre libre”. La atinada reflexión de Tufekci se refería a la “campaña inteligente” de Obama en las pasadas elecciones presidenciales: “Jim Messina, el victorioso jefe de campaña de Obama, probablemente esté de acuerdo en que no eres un número. Porque eres 4 números”. 4, como los rincones del mundo del Apocalipsis y los puntos cardinales, fueron los parámetros que se analizaron sobre los votantes en las 66.000 simulaciones diarias que hicieron desde una cueva los ordenadores con los “Big Data” que flotan en la nube o en las redes sociales.

35.000 o 2.000.000 de personas se manifestaron en Madrid en una huelga general que se midió en kilovatios/hora; 400.000 personas han sido expulsadas de sus casas en España desde 2007; hay 5.778.100 parados; la prima de riesgo en relación al bono alemán es de 439 puntos; 127 personas han muerto a causa de los ataques de Israel a Gaza y un inmigrante podrá tener la nacionalidad española si tiene 160.000 euros para comprar una casa.

Desde esa realidad paralela conmensurable, ¿cómo medir la indignación?, ¿cómo el desamparo y la desesperación?, ¿cómo la indignidad?, ¿cómo la avaricia?, ¿cómo el dolor?, ¿cómo la injusticia?.

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La desmasificación de las relaciones públicas

(Publicado en Cuerpo a Cuerpo Comunicación)

En el año 1953, el antropólogo John Arundel Barnes dio a conocer su estudio “Clase y comités en una feligresía de una isla noruega” (Class and committees in a norwegian island parish) en el que analizó las relaciones y procesos de toma de decisiones en una comunidad de pescadores. Barnes introdujo el concepto de red social, coherente con otros estudios que realizaban al mismo tiempo psicólogos, sociólogos y, sobre todo, matemáticos con la teoría de grafos. En su análisis, se refirió a la “densidad” de las relaciones sociales, que es mayor en una pequeña comunidad de pescadores que en una gran ciudad.

En 1979, Alvin Toffler publicó “La tercera ola” e introdujo el concepto de desmasificación como clave de lo que habría de venir tras la era de la globalización (o masificación).

Por lo tanto, no debemos caer en la tentación de ceñir el análisis de las redes sociales a lo que ocurre en la internet con fenómenos como Twitter o Facebook; ni de vincular exclusivamente las críticas al modelo social “globalizado” o “masificado” a la actual crisis económica o a la aparición de movimientos sociales críticos como Attac. Lo que es cierto es que el desarrollo de la capacidad de compartir, interactuar y colaborar que se ha dado en la web 2.0 ha modificado el concepto de red social (la densidad ya no depende de la concentración geográfica o de los vínculos familiares y de vecindad); y la actual crisis ha reabierto el debate sobre la necesidad de “desmasificar” (la producción, el consumo, la política, los medios de comunicación…).

Ambas tendencias: las relaciones en un ámbito de red social y la “desmasificación”, son imprescindibles para comprender la evolución de cualquier fenómeno social: la política, la economía, el comercio, el consumo, la comunicación… y, también, las relaciones públicas.

Hace algún tiempo participé en un seminario sobre comunicación política impartido por César Martínez, que había asesorado a George W. Bush sobre el voto hispano ante las elecciones presidenciales. En las sesiones se puso como ejemplo una entrevista a John F. Kennedy en la campaña que lo enfrentó con Richard Nixon. El periodista le preguntó sobre las armas nucleares, un tema de la máxima preocupación pública en aquel momento, pero el candidato se las ingenió para centrar su respuesta en su proyecto de potenciar el seguro social. Martínez llamó esta técnica “puente al mensaje” o “block and bridge”. Usted pregúnteme lo que quiera, que yo le responderé lo que a mi me dé la gana. Se trata de eso. Ni más ni menos.

En un contexto de comunicación masificada, principalmente a través de los mass media, las relaciones públicas tuvieron necesariamente que adaptarse a un entorno unidireccional con varios conflictos: las percepciones no siempre se ajustan a la realidad y los intereses de transmisión de información del emisor pueden no coincidir con las necesidades de información del receptor. Por ejemplo, el segundo puede querer conocer el alcance de la amenaza nuclear, pero al primero le interesa hablar del seguro social. El resultado es un “diálogo de besugos”.

Además, la comunicación de masas implica la existencia de un intermediario que, condicionado por una disponibilidad limitada de espacio o por otros intereses (propios, de su medio o de los lectores), debe seleccionar fragmentos del discurso. En los casos en los que no hay manipulación por parte de ese intermediario, como en la publicidad, existe también una limitación de espacio condicionada por los costes de inserción del anuncio, y una necesidad de seleccionar mensajes para una mayor eficacia e impacto.

 

Las relaciones públicas masificadas

Las relaciones públicas en la era de la comunicación masificada idearon toda una serie de estrategias para adaptarse a la situación. Estas son algunas:

  • Control “desde arriba”: tanto el marketing como la publicidad o la comunicación institucional, política o comercial buscan controlar el flujo de la información que transmiten de arriba a abajo: elegir el medio, definir el público objetivo, adaptar el mensaje…
  • Simplificación: La eficacia está por encima de la necesidad o la demanda de información. En publicidad se denomina “propuesta única de venta” (“unique selling proposition”) y en comunicación y relaciones públicas se le llama “mensaje clave” (“key messaje”). Implica renunciar a una información útil y descriptiva y limitarse a dar un único mensaje elegido a través de diversas técnicas, fundamentalmente relacionadas con las emociones. Esta simplificación lleva a que la Coca Cola sea la chispa de la vida, y a que pensemos en el aroma de las nubes al comprar compresas. En la comunicación política, esta necesidad ha llevado a los partidos a renunciar a presentar o dar a conocer un programa electoral, que es sustituido por argumentarios con mensajes clave. La simplificación necesaria en la comunicación estratégica coincide con la era de la desaparición de los “metarrelatos” del post-estructuralismo o posmodernidad, o del fin de las ideologías. No hay discursos que nos describan productos o ideas, sino propuestas únicas de venta o mensajes clave que buscan impactarnos emocionalmente.
  • Desconfianza en el intermediario: los profesionales de los mass media se convierten en el obstáculo a burlar. Una gran parte de las técnicas de las relaciones públicas consisten en alertar o prever el posible comportamiento del periodista. Junto a las necesidades de control y simplificación, esta desconfianza ha llevado a personas e instituciones a organizar absurdas ruedas de prensa en las que no se da opción a que se hagan preguntas.
  • Obsesión por la marca: los profesionales del marketing y las relaciones públicas tienden a convertir en marca todo lo que se sitúe en el vértice superior de la pirámide (el emisor), ya sea un nombre comercial, una institución, un político, un artista, un futbolista… Esto es también una consecuencia de la necesidad de simplificación pero, sobre todo, de facilitar el reconocimiento.
  • Distorsión de las percepciones: De la misma manera que la planificación estratégica o la gestión económica tratan de modificar la realidad, la planificación de la comunicación o las actuaciones de relaciones públicas intentan cambiar las percepciones. Durante mucho tiempo se pensó que la comunicación de masas permitía manejar las percepciones independientemente de cuál fuera la realidad. Es más, se pensó que la realidad era únicamente aquello que contaban los medios.

    Hoy, los profesionales de las relaciones públicas que manejan reputaciones saben que únicamente se debe actuar cuando la percepción está por debajo de la realidad. Podemos encontrar un buen ejemplo en la gestión de la actual crisis económica. Aquellos que centraron su estrategia en restar importancia a la situación (“no hay crisis sino una deceleración o, peor, un crecimiento negativo de la economía”), fracasaron. Hoy, por el contrario, proliferan las noticias negativas para que cualquier avance, por pequeño que sea, pueda considerarse como un éxito. Con una percepción de que el paro crecerá en un año un 3 por ciento, un crecimiento de un 1,5 por ciento se considerará un buen dato.

    La masificación de la comunicación lleva a los publicistas a tener que considerar a grandes grupos de población como “publico objetivo”. Una técnica muy extendida para hacerlo consiste en dirigir el mensaje a un público muy amplio, pero con un contenido que parece dirigido a los segmentos económica o culturalmente más elevados o sexualmente más atractivos. De ahí que se utilicen modelos para presentar la ropa, o que se nos diga que un coche determinado es el preferido por los jóvenes profesionales de éxito. Las compañías no desean vender ropa solo a gente guapa, no quieren vender coches solo a yuppies… Es también una forma de distorsión de las percepciones, por cuanto crea una expectativas.

    En cuanto empezaron a producirse los cambios sociales profundos que experimentamos actualmente, la publicidad aspiracional ha dado paso a otra mucho más emocional, aunque todavía masificada, aprovechando la empatía o la capacidad de las personas de compartir emociones.

  • Evaluación de resultados centrada en valores cuantitativos: Como en todas las disciplinas que dependen del comportamiento humano, la medición de la eficacia de las estrategias de comunicación es una tarea complicada. Hay datos objetivos, como las ventas; el conocimiento de una marca, una institución o una persona; el número de votos en unas elecciones… Pero no siempre es fácil asociar ese comportamiento cuantificable con una estrategia determinada. El primero en preocuparse de este problema fue probablemente Paul Lazarsfeld que, por una parte, propuso analizar a los grupos sociales (estructuras latentes) y, por la otra, medir sus opiniones o decisiones a través de encuestas.

    Cualquier análisis de evaluación de resultados se afronta hoy desde una doble perspectiva: cualitativa y cuantitativa. Aún así, lo que el cliente pide son datos concretos, que se han reflejado en baremos tan relativos o confusos como el Valor Publicitario Equivalente.

 

Prejuicios ante una nueva era

En la comunicación en red, no todas las fórmulas de la comunicación masificada son válidas. Una red distribuida comunica a iguales de uno en uno. No hay un único vértice superior, porque no hay pirámide, y no hay públicos. Hay vértices, aristas y nodos. Y la información fluye en todas las direcciones. No hay una masa, sino individuos.

Lo lógico sería adaptar las estrategias de comunicación a la nueva situación, y no al contrario. Sin embargo, a veces resulta muy difícil deshacernos de unos prejuicios que constituyen el cuerpo fundamental de un conocimiento condicionado y adaptado a la comunicación de masas. Por eso hay caminos que están siguiendo las estrategias de comunicación en red que podrían no ser válidos:

 

  • Marca personal: Se trata de un concepto totalmente implantado y que se refiere a la capacidad de influencia que puede alcanzar un individuo en una red. En muchos de los casos, el valor de esta marca se ampara en un conocimiento masivo previo relacionado con el desarrollo de alguna actividad social (arte, música, empresa, política…). Un conocimiento debido a la cultura de masas. Es el caso de personajes como Lady Gaga (que es la persona con más seguidores en Twitter); o Barack Obama (que ocupa el puesto número 6). Recientemente ha habido una polémica por el uso que hacen estas personas de sus perfiles en las redes sociales virtuales de la internet para introducir mensajes publicitarios o relacionados con intereses ajenos a la relación en la red.
  • Obsesión por los valores cuantitativos: El conocido como número Dunbar nos indica la cantidad de individuos que pueden mantener una relación viable. Podríamos decir que es la unidad máxima de la desmasificación. La referencia fueron las primeras tribus humanas y el estudio del neocórtex cerebral. Robin Dunbar se dio cuenta de que esos grupos siempre contaban con un número de individuos cercanos a 150. Ese es el número Dunbar (en realidad es 147,8).

    En un estudio publicado recientemente en la revista Nature sobre la capacidad de influencia en Facebook en la decisión de ir a votar en las elecciones para el Congreso de Estados Unidos se comprobó que, efectivamente, 150 es la cantidad media de amistades en Facebook. Pero lo que dijo el estudio es que la capacidad real de influencia se limita a 10 individuos.

    Salvo en los casos de “marca personal” (que pudieran no ser más que estertores del modelo masificado), la información fluye en la red según unas leyes que no tienen que ver con la cantidad sino con las relaciones entre vértices y nodos, y las relaciones de los nodos con otros nodos. Herramientas como Klout tratan de estandarizar la medición de esa influencia mediante un índice obtenido tras la aplicación de un algoritmo. Sin embargo, al ser la red un entorno caótico, en el que funcionan las leyes de la teoría del caos, no es sencillo identificar los pequeños cambios en el proceso inicial de un fenómeno de comunicación que pueden afectar significativamente a su resultado (el aleteo de mariposa). Una herramienta realmente útil sería más compleja que las que actualmente utilizan los meteorólogos para hacer sus previsiones. Y los meteorólogos analizan solamente dos sistemas muy relacionados: el tiempo y el clima. Cada sistema de comunicación (prácticamente cada caso) requeriría de su propia herramienta de previsión.

  • Customización no es desmasificación: El artículo de Barnes del 53 habla constantemente de las relaciones cara a cara (face to face) en el entorno de red. De ahí que los miembros de una red social esperen un trato personalizado en sus relaciones. Los prejuicios y, sobre todo, las necesidades estratégicas, de las corporaciones de la era de la masificación, han adaptado esta característica de la red a lo que han llamado customización. Pero la posibilidad de comprar unas zapatillas de una marca determinada con un estampado a medida no tiene nada que ver con la relación persona a persona característica de la red. Como tampoco lo es contratar a un profesional para responder tweets durante una campaña de relaciones públicas.
  • Los comunity manager no tienen cara: La característica principal de una red distribuida es que las relaciones se producen entre iguales. La mayor capacidad de prescripción o de influencia sobre un miembro de la red son sus familiares, sus amigos, sus conocidos o personas con una reputación adquirida en un conocimiento determinado. Un médico, por ejemplo, debería ser mejor prescriptor sobre un problema de salud que un hermano que no sea médico. Y aún así, muchas veces funcionan este tipo de “consejos” al margen de profesionales. Los comunity managers tratan de convertir a las corporaciones en vértices de muchos nodos que a su vez se relacionen con otros nodos. Intentan masificar la comunicación en red. Su capacidad de influencia será, por esta razón, relativa, y disminuirá a medida que se consolide el previsible proceso de desmasificación. En este entorno, una de las característica principales de los vértices es el de tener su propia personalidad y relacionarse a cara descubierta (de ahí el nombre de Facebook) con otros bajo criterios de sinceridad. Los comunity managers no tienen personalidad propia, sino que asumen la de la corporación a la que representan y tampoco expresan sus opiniones, sino las del cliente.

 

 ¿Todavía hay cabida para las relaciones públicas?

A partir de estas reflexiones cabría preguntarse si hay cabida para las relaciones públicas en el nuevo entorno de comunicación en red. Probablemente la respuesta sea no. O, al menos, no como las entendemos hasta ahora. En las pequeñas comunidades, este tipo de relaciones se ceñían a lugares de encuentro, como la iglesia; el mercado; la plaza pública; las asociaciones de cualquier tipo, como el ateneo o el casino… Las reputaciones personales se construyen en base a las relaciones personales. La red reproduce en buena medida estos entornos (de no más de 150 personas). Por eso habría que adaptar las propias estrategias de las corporaciones o instituciones a estos mercados o públicos objetivo “desmasificados”: los comportamientos y actitudes, los canales, los mensajes…

Deberíamos tal vez, pensar en cómo corregir algunos errores:

 

  • Los públicos son personas: Los social media de la internet son reproducciones virtuales de redes de máquinas (direcciones IP). No debemos olvidar a las personas, el contacto físico y personal, siempre que sea posible. La organización de encuentros y eventos o la participación en encuentros o eventos de públicos reducidos pueden ser una forma de no perder ese contacto. También habrá que salir a las calles y plazas.
  • Las corporaciones están dirigidas por personas: Los directivos de las corporaciones deben dar la cara en todo momento. Han de tener sus propios perfiles, que deben mantener personalmente.
  • Las personas multiplican su poder cuando están en red: Las crisis reputacionales se van a multiplicar, incluso sin causas objetivas (sobre todo mientras persistan los problemas de verificación de las informaciones que circulan por las redes sociales virtuales de la internet). Merece la pena recordar el primert punto del Manifiesto Cluetrain: “Los mercados son conversaciones”.
  • Los mensajes pueden “desmasificarse”: No solo las nuevas tecnologías relacionadas con internet ofrecen nuevas oportunidades, sino también herramientas como la gestión de dato variable en la impresión digital. Es posible personalizar cartas, folletos, revistas, memorias… Han surgido además toda una serie de técnicas y estrategias, como el marketing de guerrilla y todo tipo de patrocinios y mecenazgos.
  • Las personas no son ni marcas ni números: La reputación, la capacidad de influencia, no guardan una relación directa con el número de seguidores. Según el estudio citado que publicó Nature, la verdadera influencia de cada uno se limita a unas 10 personas. Los efectos caóticos en la red son difíciles de prever.
  • Los índices de influencia no existen:  Por ahora es imposible cuantificar cada estrategia de comunicación en un entorno caótico como es la red con  su propio algoritmo.
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Querida Wikipedia

La polémica con Philip Roth reafirma la calidad del modelo de verificación de la Wikipedia

La reciente polémica entre el escritor Philip Roth y los administradores de la versión inglesa de la Wikipedia anima a un debate apasionante en el que confluyen los retos sobre la verificación de la información que circula por internet con la más profunda discusión sobre los vínculos entre el autor y su obra.

Aunque el caso es sobradamente conocido, dedicaré unas pocas lineas a describirlo:

En la versión inglesa de la Wikipedia, la entrada correspondiente a la obra de Roth “The Human Stain” (“La mancha humana”) indicaba, bajo el epígrafe “Inspiración”, que el personaje que protagoniza la obra estaba inspirado en el escritor y crítico literario Anatole Broyard. Philip Roth se puso en contacto con los administradores de Wikipedia para solicitarles que retiraran esa referencia, ya que, según dijo, no se ajustaba a la verdad. Los responsables de la web le respondieron que, aún entendiendo la autoridad del autor sobre su propia obra, se necesitaban otras fuentes para poder hacer la enmienda.

Roth dijo entonces que no se le ocurría otro modo de proceder que escribir una carta abierta a Wikipedia que publicó el New Yorker. El texto explica su versión: el personaje está realmente inspirado en su amigo Melvin Turmin, profesor de Sociología en Princeton.

Medios de comunicación de todo el mundo reaccionaron ante lo que algunos presentaron como un escándalo con titulares del tipo: “Philip Roth no es una fuente fiable para Wikipedia” (ABC). Otros consideraron que lo ocurrido era un “error” de los sistemas de verificación de la web que trata de concentrar todo el conocimiento humano.

Pese a que se publicó que finalmente Roth había logrado “doblegar” a Wikipedia, lo cierto es que no fue así. La entrada fue enmendada, pero no se retiraron las referencias a los que sostienen que el personaje está basado en Broyard. Lo que se hizo fue añadir que, en una carta abierta, el autor da otra versión. Por lo tanto, el escritor no logró lo que pretendía: que se retirara lo que el consideraba un “cotilleo” literario.

Lo sucedido demuestra el alto grado de perfección alcanzado por los sistemas de verificación de la información de Wikipedia. Y explica perfectamente que este modelo haya logrado reemplazar a las enciclopedias tradicionales (como la Britannica).

El modelo de verificación de Wikipedia se basa en primer lugar en el sentido común y el consenso. Al estar configurada como una red descentralizada (entre iguales) cualquiera puede plantear una enmienda o una discusión. Y entonces, prevalece la autoridad (que no la autoría). Wikipedia no dispone de sistemas propios de verificación empírica y, por ello, recurre a “fuentes fiables”. Es entonces cuando se requiere una cita lo más completa posible (quién lo dijo y dónde se publicó). Y en función de ese quién y ese dónde, el dato con su cita correspondiente se incluye en la entrada. Mientras no haya consenso, el texto no deja de ser provisional y así se indica con expresiones como “Existen desacuerdos sobre la neutralidad en el punto de vista de la versión actual de este artículo o sección” o “cita requerida”.

Por lo tanto, es lógico que una llamada de Roth al administrador de Wikipedia no fuera suficiente para modificar una entrada. Ni Roth ni el administrador disponen de “autoridad” para ello, ya que ésta depende de una norma en una red en la que ninguno tiene más capacidad que otro para hacer ese tipo de cambios. En el momento en el que Roth escribió una carta abierta y la publicó en el New Yorker, creó una cita (por lo tanto, considerada a priori “fuente fiable”), cuyo uso sí está permitido por esa norma. Por decirlo de alguna manera “invirtió la carga de la prueba”, ya que una cita de un recurso reconocido (una revista científica, una cabecera prestigiosa, un libro…) se puede añadir y, posteriormente, si alguien lo decide, ser sometida a discusión.

¿Qué importa quién habla?

El análisis que hace actualmente la filosofía sobre la relación entre autor y obra da también en este caso la razón a Wikipedia en su polémica con Philip Roth.

En su célebre conferencia “¿Qué es un autor?”, Michel Foucault parte de una cita de Beckett: “¿Qué importa quién habla?”. Según el pensador francés, “la función-autor va a desaparecer de una manera que permitirá, una vez más, funcionar de nuevo a la ficción y a sus textos polisémicos según un modo distinto; pero siempre según un sistema restrictivo, que no será más el del autor y que aún está por determinar o, quizás, por experimentar”. El sometimiento de la interpretación de la obra al criterio de una red distribuida, como hace Wikipedia, entra seguro en el terreno de la experimentación de un nuevo sistema de análisis de los discursos.

Según este punto de vista, la declaración de Roth sobre su propia novela tiene una importancia relativa.

Recuerdo la conversación entre Augusto Pérez y Miguel de Unamuno en “Niebla”. En un momento, el personaje dice al autor: “No será que usted no pasa de ser un pretexto para que mi historia llegue al mundo…”. Las reflexiones de Unamuno sobre la relación entre autor y obra (en su caso, los personajes) tienen su origen en “El Quijote”. En el prólogo, Cervantes dice: “yo, aunque parezco padre, soy padrastro de don Quijote…”, y, más tarde, advierte, dirigiéndose al lector que “tienes tu alma en tu cuerpo y tu libre albedrío como el más pintado, y estás en tu casa, donde eres señor della, como el rey de sus alcabalas, y sabes lo que comúnmente se dice, que “debajo de mi manto, al rey mato”, todo lo cual te esenta y hace libre de todo respecto y obligación, y, así, puedes decir de la historia todo aquello que te pareciere, sin temor que te calunien por el mal ni te premien por el bien que dijeres della”.

Y seguro que a Cervantes no le pareció nada bien que, tras liberar de tal modo su autoridad sobre la obra, viniera Avellaneda (que no es un autor sino un seudónimo) y escribiera una segunda parte del Quijote. Pero no se le ocurrió solicitar la retirada de circulación de la versión que el no había escrito, sino competir por el respeto del lector.

Y podría citar más casos, reales o supuestos, para ilustrar esta distancia entre autor y su obra. Por ejemplo, no conoceríamos los textos de Kafka si se hubiera atendido su voluntad de que fueran quemados, o “El original de Laura” de Nabokov, que pidió a su mujer que destruyera.

Un autor puede cambiar de opinión, puede modificar su explicación sobre la interpretación de una obra. Pero ello no debe afectar a la obra. Tal vez ese sea el caso de Roth, o tal vez no. Pero, en todo caso, él no es una “fuente fiable” para decirlo.

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El niño pistola

Un colegio de Estados Unidos obliga a unos padres a cambiar el nombre de su hijo sordo porque en el lenguaje de los signos se parece al gesto de disparar un arma y, al mismo tiempo, la Corte Suprema del Estado de Colorado obliga a la Universidad a permitir que sus alumnos porten armas de verdad.

La comunicación es la capacidad de las personas para representar con signos la realidad. Lo simbólico no está únicamente en los signos, sino que puede estar también en los objetos. Pero, en cualquier caso, la representación, la abstracción, no es sino una interpretación, una subjetivización de la realidad. Es este carácter de la comunicación el fundamento del psicoanálisis, sobre todo en Lacan.

Un modelo judicial excesivamente fundado en la common law, como el anglosajón, corre el riesgo de que este poder subjetivizador del lenguaje llegue a pervertir el propio concepto de Justicia. La capacidad de persuasión de las partes se convierte en algo más importante que los hechos objetivos. Como consecuencia de ello, aquella parte más capacitada para “comprar” elocuencia tiene ventaja en un pleito. Y eso lo saben bien los bufetes de abogados que, antes de plantear cualquier estrategia, analizan los aspectos formales del procedimiento para encontrar puntos débiles.

El equívoco entre la sombra y el objeto que la proyecta, el signo y aquello que representa, es también el fundamento de la manipulación informativa, del inmenso poder que han adquirido los medios de comunicación en la cultura de masas.

¿Hasta qué punto no se ha utilizado esta característica de la comunicación como una herramienta de poder?

Esos aspectos formales de las relaciones humanas se denominan “politeness” en inglés. Se trata de un fenómeno cultural y, por lo tanto, subjetivo. Aquello que está considerado correcto en un ámbito social puede ser interpretado como un agravio en otro. La justicia debe alejarse de estos prejuicios como hizo, por ejemplo, la francesa cuando prohibió a las niñas el uso de pañuelos en la cabeza durante las clases.

En los últimos días, dos noticias aparecidas en la prensa norteamericana nos muestran hasta qué punto el equívoco entre el signo y su representación puede rozar el ridículo en una sociedad excesivamente “polite”.

La primera tiene como escenario una escuela de preescolar de Nebrasca. Los responsables del centro han obligado a los padres de un niño a cambiarle el nombre porque su representación en el lenguaje de signos es el gesto de un hacer disparos. Resulta que el niño se llama Hunter (cazador en inglés) y, según la convención SEE (Signing Exact English), así es cómo se representa esa palabra. Según el colegio, el nombre del niño atenta contra la política de armas de las escuelas públicas de Grand Island.

La información fue publicada el 18 de agosto. Ese mismo día también se publicaba que la Universidad de Colorado ha tenido que cambiar una norma, vigente durante 30 años, que prohíbe a los alumnos portar armas de fuego en el campus. Y lo ha hecho obligada por la Corte Suprema del Estado de Colorado que apela a una ley de “concealed carry”, es decir, de autorización a portar armas si no se enseñan.

Ambas decisiones se amparan en una misma Constitución cuyas primera y segunda enmiendas se refieren a la libertad de expresión y al derecho a poseer armas.

El niño Hunter no se puede llamar pistola, pero puede llevar una en el bolsillo… ¿Acaso Lacán no encontraría aquí psicosis o, al menos, perversión?

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La máscara liberadora

¿Qué es el robo de un banco con un pasamontañas comparado con la creación de un banco a cara descubierta? o lo que tienen en común las Pussy Riot, Anonymous, Carlo Giuliani y el Subcomandante Marcos.

Decía Nietzsche que todo lo que es profundo ama la máscara y su ausencia, para Sartre, es la contingencia, el absurdo, la sinrazón de las cosas, la náusea.

La máscara, con toda su carga simbólica, no se contradice con la identidad, sino que forma parte de ella. Detrás de la máscara puede ser que no haya nada, o tal vez el subconsciente, o la esencia misma de la igualdad y la justicia.

La máscara como elemento que físicamente oculta el rostro es castigo: el hombre de la máscara de hierro; es pudor: el burka, el chador o la nikab en las culturas musulmanas, o el velo en las cristianas; es vergüenza: la “schandenmaske” alemana; es entretenimiento y expresión artística: las máscaras teatrales; es liberación: las máscaras de carnaval; es miedo o protección: los pasamontañas de atracadores, guerrilleros o policías; es provocación: las máscaras de los Kiss; es rito: en las culturas precolombinas o africanas; es símbolo: en los bloques negros de las manifestaciones políticas o reivindicativas…

En el punto crítico en el que se encuentra la Historia, la máscara adquiere un nuevo significado simbólico: el final del espejismo de libertad que eclosionó en las calles de París y Ciudad de México en 1968, en Woodstock en 1969, en la Universidad de Kent en 1970 o en la redacción del Washington Post en 1972.

Toda esa lucha a cara descubierta contra las injusticias que emanan del poder se simbolizó en un rostro: el de Che Guevara, convertido en marca, y en la creencia equivocada de que los medios de comunicación de masas abrían el camino de la verdad, de la posibilidad de que periodistas como Bernstein y Woordward forzaran las veces que hiciera falta (a firma descubierta) la dimisión de todos los Richard Nixon que fueran surgiendo.

Las ideas de libertad y democracia como fórmula de control público del poder eran la descripción de los sistemas políticos de occidente, del primer mundo, donde, con la asunción de esta falacia olvidamos que el rostro del Che que llevábamos en nuestras camisetas era el rostro de un cadáver; donde volvíamos la cabeza hacia otro lado mientras el poder excavaba una oscura trama de cloacas: golpes de estado en el mundo más alejado (al que llamábamos tercer mundo); cohabitación con los grupos de presión que financian a los partidos políticos; corrupción y un estado de excepción permanente que, con el pretexto de la defensa del status quo del primer mundo, limita los derechos fundamentales conquistados: a un juicio justo, a no ser torturados, a la autodeterminación o al desarrollo de los pueblos, a la libertad de información… Y con ese pretexto se arrasan estados (como Irak), se mata a personas (asesinatos selectivos y escuadrones de la muerte de la OTAN), se crean territorios sin ley (como Guantánamo) y se persigue a medios o modelos de información (como Wikileaks). Todo vale si alguien desde el poder dice que está en riesgo “la seguridad nacional”. Y, ahora también, todo vale si alguien desde el poder dice que está en riesgo “el modelo económico”: reforma laboral, desmantelamiento de servicios públicos elementales, bajada de salarios…

Hace unos días, el filósofo esloveno Slavoj Žižek recordaba una frase genial de Bertold Brecht en la Ópera de los Tres Peniques: “¿qué es el robo de un banco en comparación con la creación de un banco?”. Y, efectivamente, el resultado de la evolución de las sociedades occidentales ha sido absolutamente asimétrico. El poder económico (y, por sumisión, también el político) ha diseñado para sí mismo unas herramientas de supervivencia que dejan a las personas indefensas. El individuo no es más que una cucaracha bajo las botas del poder que puede ser aplastada en cualquier momento como en una delirante metáfora kafkiana. Y reflexionaba Žižek: ¿qué es la modesta obscenidad de las Pussy Riot en comparación con la acusación contra las Pussy Riot?

Los acontecimientos contra-culturales que describen el final de ese espejismo de libertad reflejan una coherencia, un desarrollo lineal, que merecen la pena ser tenidos en cuenta:

La periodista y activista canadiense Naomi Klein defiende que el movimiento que conocemos como anti-globalización nació el uno de enero de 1994 con la primera aparición pública del subcomandante Marcos.

En un bello comunicado del 28 de mayo de 1994 que comienza “Nosotros bien… cercados”, Marcos decía en una postdata:

“A todo esto de que si Marcos es homosexual: Marcos es gay en San Francisco, negro en Sudáfrica, asiático en Europa, chicano en San Isidro, anarquista en España, palestino en Israel, indígena en las calles de San Cristóbal, chavo banda en Neza, rockero en CU, judío en Alemania, ombudsman en la Sedena, feminista en los partidos políticos, comunista en la post guerra fría, preso en Cintalapa, pacifista en Bosnia, mapuche en los Andes, maestro en la CNTE, artista sin galería ni portafolios, ama de casa un sábado por la noche en cualquier colonia de cualquier ciudad de cualquier México, guerrillero en el México de fin del siglo XX, huelguista en la CTM, reportero de nota de relleno en interiores, machista en el movimiento feminista, mujer sola en el metro a las 10 P.M., jubilado en el plantón en el Zócalo, campesino sin tierra, editor marginal, obrero desempleado, médico sin plaza, estudiante inconforme, disidente en el neoliberalismo, escritor sin libros ni lectores, y, es seguro, zapatista en el sureste mexicano.

En fin, Marcos es un ser humano, cualquiera, en este mundo. Marcos es todas las minorías intoleradas, oprimidas, resistiendo, explotando, diciendo “¡Ya basta!”. Todas las minorías a la hora de hablar y mayorías a la hora de callar y aguantar. Todos los intolerados buscando una palabra, su palabra, lo que devuelva la mayoría a los eternos fragmentados, nosotros. Todo lo que incomoda al poder y a las buenas conciencias, eso es Marcos.

De nada señores de la PGR, estoy para servirles… con plomo.”

Un ser humano cualquiera o todos los seres humanos con un mismo afán. Eso era lo que Marcos quería simbolizar. Una cabeza sin rostro, un pasamontañas. Símbolo, pero también protección ante las herramientas del poder. Con la lección aprendida del cuerpo sin vida de Ché Guevara en la Escuela de las Higueras. O del ecce homo de los cristianos. ¿Qué es la guerrilla zapatista en comparación con la opresión secular de los indígenas, con la pobreza de los campesinos?

En el texto de Žižek que antes citaba se habla de “anonimato liberador” para describir el atuendo de las Pussy Riot en su actuación en la catedral de Cristo Salvador en Moscú. Se puede encarcelar a una persona, pero no se puede encarcelar a una idea. Ese es el nuevo poder transformador de la máscara: convertir a los individuos en ideas colectivas.

El 20 de julio de 2001, la muerte de un joven con pasamontañas resonó con fuerza en la opinión pública internacional. Carlo Giuliani recibió el disparo de un carabinero y a continuación fue atropellado. A partir de ese momento, el mundo conoció mucho mejor al movimiento que unía las reclamaciones de las minorías “intoleradas, oprimidas, resisistiendo, explotando y diciendo ya basta”. ¿Qué son los contenedores quemados por los antiglobalización en comparación con las vidas destruidas por los abusos del poder?

Y ese movimiento, de vocación descentralizada y con forma de red, encontró en la internet un reflejo de su propia configuración. Las posibilidades de comunicación en forma de red descentralizada en la web 2.0 y el aprendizaje del funcionamiento de la llamada darknet, junto a otros fenómenos como el activismo de los hackers (como forma de guerrilla informática), hicieron surgir un modelo más sofisticado de “zapatismo” o de “antiglobalización”, de evolución o de revolución: Wikileaks o su sustrato social Anonymous, representado por una máscara. La del conspirador inglés Guido Fawkes que llevaba el protagonista del cómic “V de Vendetta”.

Podríamos decir: ¿qué es Julian Assange en comparación con todas las denuncias contenidas en Wikileaks?

Lo que tienen en común las Pussy Riot, Anonymous, Carlo Giuliani y el Subcomandante Marcos es que son mitos de nuestro tiempo tras una máscara liberadora.

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La república bananera de internet

Wikileaks asegura que un grupo privado de empresas de inteligencia: Cubic Corporations, Abraxis y Trapwire, han desarrollado un sistema para monitorizar las imágenes de todas las cámaras conectadas a la internet con sistemas de reconocimiento facial. Además, controlan la empresa líder en facilitar el anonimato en la red: Anonymizer y son los proveedores de las tarjetas de transportes en ciudades de EE UU, Reino Unido y Australia.

Hace unos días, con motivo de los ciber-ataques que estaban sufriendo los servidores de Wikileaks, los activistas de Anonymous calificaban la situación como el “salvaje Oeste”. En este momento, la guerra continúa. Y la historia que nos cuentan es, cuando menos, inquietante.

La información que ha originado la batalla que actualmente se desarrolla en la parte oscura de la internet, proviene de los famosos informes que Wikileaks hizo públicos hace ya algún tiempo y que fueron difundidos por algunos de los periódicos más reputados del mundo (que luego, por razones no demasiado explicadas, dejaron en la estacaba a Assange y sus amigos). Por fortuna para los protagonistas de los informes, la cantidad de información era tal que fue imposible que los medios de comunicación convencionales pudieran hacerse eco de todos los titulares contenidos en los archivos.

Abandonada por la prensa, Wikileaks se decidió entonces por una estrategia de ir difundiendo la información a cuentagotas por la internet. Y los ciberataques que sufrieron sus servidores coincidieron con el momento en el que le tocaba el turno a la difusión de miles de e-mails robados a la compañía Stratfor de análisis geopolítico. Estos documentos vinculan a la compañía Abraxis, a través de su filial TrapWire, con una orwelliana trama para analizar las imágenes de todas las cámaras de vídeo conectadas a la internet. Se trataría de una táctica para la prevención del terrorismo que permitiría identificar a las personas a través de programas de reconocimiento facial, cruzar y comparar datos. Además, otra empresa vinculada a las dos anteriores: Cubic Corporations, sería la dueña de Anonymizer, un servicio de internet que debería garantizar el anonimato en las comunicaciones y la proveedora de los sistemas de tarjetas de transporte en ciudades del Reino Unido, Australia y Estados Unidos, según la información de Darknet.

En este momento, las webs de estas compañías no están operativas, y no está muy claro si es como consecuencia de un ciber-ataque o por otros motivos. En cualquier caso, Anonymous está ofreciendo en Twitter (https://twitter.com/YourAnonNews) capturas de pantallas previas a la desactivación de las webs, además de información sobre la evolución de la “batalla”.

En la entrada anterior reflexionaba sobre los conceptos de anonimato y privacidad en la web 2.0. Y empezaba diciendo que en el ámbito anglosajón, ambos términos tienden a confundirse. Como consecuencia de ello, unos sistemas políticos que presumen de garantistas desde las Administraciones públicas acaban tolerando que empresas privadas accedan a datos e información que debería estar protegidos por las leyes fundamentales.

Según las informaciones de Anonymous y Wikileaks, los principales clientes de este Gran Hermano privado serían los gobiernos, las policías y las agencias gubernamentales del Reino Unido y Estados Unidos.

Lo cierto es que todo suena ficticio, como sacado de una película de espías y ciencia ficción. Pero lo verdaderamente intrigante no es que esta información concreta sea o no completamente verdad, sino que con la tecnología actual y con la situación de a-legalidad de la internet es perfectamente posible. La web actúa como una república bananera en la que los usuarios son despojados de sus garantías legales, y los Gobiernos compran la información a esas repúblicas bananeras. Como cuando Estados Unidos utiliza territorios permisivos con la tortura para ejercerla o espacios sin ley como Guantánamo para no tener que responder ante la Justicia.

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Anonimato y privacidad en la red

Anonimato y privacidad son dos conceptos que no deben confundirse.  El anonimato debe garantizarse salvo en los casos que afecten a la convivencia, pero la privacidad debe estar garantizada siempre. Justo lo contrario de la tendencia en la internet.

 

La confusión entre anonimato y privacidad es propia de los modelos sociales anglosajones. En el Reino Unido, por ejemplo, no existe algo equiparable al DNI. Se considera que información como el nombre, la dirección o la fotografía forma parte del ámbito de lo privado. Y es esta misma lógica liberal la que tolera que particulares (sobre todo empresas) dispongan de bases de datos que no se limitan a la información relativa a la identificación, sino que invaden la privacidad. Se supone que siempre existe una autorización por parte del usuario o cliente, pero lo cierto que es los traficantes de datos utilizan todo tipo de tretas para usar en su beneficio las condiciones de esa autorización. Por ejemplo, imponerla para poder acceder a un bien o un servicio, a veces fundamental, como las comunicaciones, la energía, etc..

Esta lógica liberal, que asegura defender el anonimato, no tiene reparos en violar la privacidad.

Y, claro, el modelo está condicionando el desarrollo de la web 2.0, dominada por la idiosincrasia anglosajona y el modelo liberal de mercado.

Google, la no privacidad de un anónimo

A Google, por ejemplo, le importa poco nuestra identidad, aunque diga lo contrario. De hecho, ya permite el uso de seudónimos en G+ y registró el pasado mes de marzo una patente para la creación de perfiles anónimos. Pero, a fin de cuentas, perfiles. Es decir, una información que no está asociada a una identidad. Lo que le interesa es esa información. Defiende la no privacidad de un anónimo. Después de todo, a un vendedor le importa poco quien es el comprador, mientras compre.

Facebook, la privacidad de un no anónimo

Hace unos días leí una información en la que se explicaba que el fracaso de Facebook en la bolsa se debe en buena medida a la falta de confianza del mercado en un personaje como Mark Zuckerberg. Y es cierto que hoy Facebook sobrepasa ampliamente las expectativas del “niño prodigio” que la creó. Quien hoy establece las expectativas sobre Facebook es el mercado.

Pues bien, la oficina de patentes de Estados Unidos aceptó el mes pasado el registro de la primera patente de Zuckerberg, solicitada hace seis años, que permite el control, por parte del usuario, de los datos privados asociados a un perfil. En cambio, Facebook obliga a sus usuarios a identificarse con un nombre real. En su idea original, Zuckerberg defendía la privacidad, pero no el anonimato. Es decir, la privacidad de un no anónimo.

El problema es que ni uno ni otro punto de vista garantizan nuestros derechos. Tanto Google como Facebook son modelos de red centralizadora, en lugar de red distribuida (como pretender ser, por ejemplo, Diáspora, que ofrece su código a quien quiera alojarlo en su propio servidor; o incluso wordpress.org, que también nos permite utilizar nuestros servidores). Los perfiles (con o sin identidad, pero siempre con datos privados) se concentran en una base de datos.

La idea de Zuckerberg choca con la lógica anglosajona, como refleja una interesante discusión en la Radio Nacional Pública de EE UU. Porque, efectivamente, en un entorno como el que actualmente representa la web, se justifica la existencia de activistas como los de Anonymous.

Necesidad de algo parecido a un “pacto social o constitucional”

En los países democráticos en los que existe un documento de identificación, el Estado es el que tiene la responsabilidad de que se haga un buen uso de los datos necesarios para esa identificación (aunque no siempre se hace). De hecho, solo la Administración puede reclamar la presentación del documento, y no por cualquier motivo. Además solo puede haber determinados datos asociados a esa identidad: como antecedentes penales, obligaciones insatisfechas con la Administración y poco más. Si un agente de la Guardia Civil nos solicita la documentación en la carretera es frecuente que haga una consulta por radio o a través de un ordenador para saber si existe algún dato de ese tipo. Pero nunca debería saber a través de nuestro documento de identidad si somos ricos o pobres, si somos homosexuales o heterosexuales, si nos gusta más el cine que los libros o qué hemos comprado últimamente en El Corte Inglés.

La internet es un reflejo virtual de la sociedad. Pero su carácter global y el control económico sobre la tecnología hacen que sea muy difícil que se puedan reproducir virtualmente las garantías de ciudadanía.

Si realmente queremos establecer ese paralelismo entre mundo real y mundo virtual de internet, los entornos actuales de “social networking” o “social media” actúan como repúblicas bananeras donde los usuarios renuncian a cualquier tipo de garantía. Como son empresas privadas, te admiten o no, te censuran o no, de una forma arbitraria. Y, además, son los dueños de tus contenidos compartidos mientras no se demuestre lo contrario. Invierten la carga de la prueba y ellos deciden. Y es cierto que también son penalmente responsables, algo que no les importa demasiado mientras lo que tengan que hacer sea pagar multas.

Lo peor es que, como la red social como tal no existe en la internet (porque es una red de máquinas y no de personas), de momento no hay alternativas. Si quieres beneficiarte de la facilidad de comunicación que ofrece tienes que pasar por el aro.

El pacto entre usuarios, reflejado en una norma, en una ley, parece la única alternativa, como en el mundo real, para que existan unas garantías. Si existiera una Administración como la que debería haber sido la ONU, ese sería probablemente el foro adecuado para establecer esas garantías básicas o constitucionales a través de derechos y deberes.

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“Social networking” y el mito de Fausto

Lo que conocemos como redes sociales no son más que engaños e ilusiones alojados en una red de máquinas. Grandes empresas a las que cedemos nuestra alma a cambio de una ubicuidad que gestionan a su antojo.

En el ámbito anglosajón, los conceptos “social media”, “social networking” y web 2.0 son objeto de controversia. Esta discusión en inglés no puede ser traducida literalmente al español. En este idioma existe la expresión “medio de comunicación social”, que se ha utilizado como equivalente a “mass media”, y también “red social” que no debería corresponderse con ninguno de los conceptos anglosajones citados (en cualquier caso sería “social network”).

Social media” es un concepto abstracto, que se refiere a aquellos canales que nos permiten difundir un mensaje a más de una persona, mientras que “social networking” se refiere a las herramientas y utilidades que facultan la difusión de ese mensaje.

La web 2.0 ha permitido el desarrollo de aplicaciones de “social media” y de “social networking”. Pero no por ello son redes sociales. Ni mucho menos. De hecho, hasta ahora, lo que existen son simulaciones, representaciones o ilusiones de redes sociales. En todo caso, lo que hay son redes de máquinas, de dispositivos.

Según la definición anglosajona, se acepta, por ejemplo, que Lindeln es “social networking”, que Youtube es “social media” y que Facebook y Twitter conjugan ambos conceptos.

Las redes sociales están formadas por personas. Probablemente su primer desarrollo fue en la revolución neolítica con la división del trabajo. Cada miembro de la sociedad se especializa en algo y tiene la necesidad de compartir o intercambiar.

El punto de partida de la web 2.0, aunque parezca lo contrario, no era el adecuado para el desarrollo de la comunicación en redes sociales, y este aspecto es el que ha sido aprovechado por algunos desarrolladores para crear nuevos modelos de medios de masas. Una red social tiene un carácter más o menos distribuido, es decir, que no tiene centros o concentraciones. En una red distribuida (como la que podría comunicarse en la internet), la información fluye entre iguales y no hay posibilidad de control o de filtro. Los medios de masas tradicionales son todo lo contrario. Hay un punto de concentración (la redacción del periódico, la emisora de radio o de televisión) que tiene toda la capacidad de control y filtro de la información que se considera “pública”. Los “consumidores” de esa información pueden ser manipulados por ese filtro o control, pero no necesariamente tienen que perder su identidad y el control de su intimidad.

El ansia de riqueza o de dominio han condicionado desde el principio de los tiempos el carácter distribuido de las redes sociales. Chamanes, jefes de tribu, aristocracia, burguesía… Siempre ha habido un afán de concentración, de control, de filtro. Bajo pretextos esotéricos, económicos o de convivencia o pacto social.

En la cultura de masas reciente, lo que se concentra es la información.

El nacimiento de las herramientas de “social media” o “social networking” en la web 2.0 creó un falso espejismo sobre las posibilidades de la internet para una red distribuida: la fórmula de compartir peer to peer (entre iguales), la wikipedia, wikileaks y todos los sueños de Open Source, Linux, etc…

Pero lo cierto es que cualquier intento en este sentido es muy vulnerable. Como decíamos, no existen redes sociales en la web 2.0, sino redes de dispositivos. Unos dispositivos que nos acompañan a donde quiera que vayamos y a los que confiamos nuestros secretos. Unas maquinitas que tienen toda la información de nosotros, pero que no somos nosotros.

Lo que han hecho los “social media” y “social networking” son bases de datos con toda esa información. Ya no requieren, como los “mass media”, concentrar información de interés público. Pueden concentrar nuestras identidades (perfiles) y nuestras intimidades; pueden seguir nuestros pasos. Se basan en un modelo de concentración, radicalmente contrario al de las redes distribuidas.

La causa de todo ello ha sido que el cambio experimentado por la red 2.0 no ha implicado un cambio sustancial en el protocolo de internet (Internet Protocol o Ipv.6, que es la última versión). Sigue siendo una identificación de la máquina, y no de la persona. En ese contexto, una red social es imposible.

Los “factotum” de la internet, que conforman la Internet Engineering Task Force (IETF), se han dado cuenta de este “fallo”, y de hecho han iniciado una discusión sobre ello (lo que llaman RFC –Request For Comment– o petición de comentarios).

La propuesta consiste en crear una identidad asociada a la persona (IPv6oSN, Internet Protocol v.6 over Social Network o Protocolo de Internet versión 6 sobre Red Social). Las pruebas se han realizado a través de una aplicación de Facebook (uno de los mayores “concentradores”) que por alguna extraña razón ya no es accesible (o al menos yo no he podido acceder desde mis dispositivos).

Según explicaban sus creadores, “en la IPv6oSN cada usuario es un router con al menos una interface de red virtual (loopback interface) y cada amistad o conexión entre usuarios es usada como un enlace punto a punto”.

Desde luego, suena poco interesante para quienes han encontrado la fórmula de concentrar nuestra esencia en los servidores que guardan en sus sótanos, aquellos a quienes hemos vendido nuestras almas a cambio de una ubicuidad que no les pertenece.

Ahora, a mi me gustaría que en mi escritorio, a través de mi sistema operativo de mi ordenador, pudiera alojar un muro (o un tablón de anuncios o como queramos llamarle) en el que disponer todo aquello que quiero compartir con las redes sociales de las que Yo soy parte. Y poder hacerlo con privilegios, con cosas para mis amigos, para mi familia, para mi entorno laboral, para personas con mis mismas aficiones, para todo el mundo, etc. Y no me importa si el espacio físico que ocupa es el disco duro o una nube. Lo que quiero es que, esté donde esté, mi perfil siga siendo Yo y lo que comparto sea mío y de aquellos con los que lo quiero compartir.

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El desfile de los monstruos

Desde que a finales de los años 90 del siglo pasado “Mr. T Ate my balls“(Mr. T me comió los huevos) y sus miles de secuelas iniciaron la era de los fenómenos de internet, la red ha sido escenario de una gran cantidad de aleteos de mariposa que con el paso de más o menos tiempo han devenido en tempestades, con millones de participantes y seguidores. La facilidad que otorgan las plataformas que enlazan a las redes sociales en la internet para que cada uno difunda contenidos ha multiplicado los casos. Una bofetada a la industria en torno a la cultura de masas. Algunos ejemplos más o menos actuales:

Anoying Orange

Los vídeos del canal en Youtube de esta naranja que habla han sido vistos más de 1.200 millones de veces (mil doscientos millones!!!). El personaje fue creado en 2009 por Dane Boedigheimer (Daneboe). El éxito en Youtube fue tal, que en 2010 los episodios empezaron a ser emitidos por Cartoon Network.

Zorman

Conocido como “Su_Morenito_19”, como “Mc Revolver”, como “Señor Terror” o como “Javier Franco”, Zorman ha abierto un canal en Youtube que ya supera los 13,5 millones de reproducciones de vídeos. La clave de su éxito es que compone canciones y tiene un gran habilidad para describir con ironía la tipología social de la juventud (las tribus sociales). Sus canciones “Soy Cani”, “Soy Rapero”, “Soy Gótico” y “Soy Pijo” son conocidas por miles de chavales. Zoman solo ha aparecido hasta ahora en televisión en el programa “La Nube” de La 2. Ninguna de las canciones está en un disco ni suenan en la radio.

Malviviendo

Es una serie dirigida por David Sainz (“El Negro” en la ficción) que empezó a subirse a Youtube en noviembre de 2008. El canal tiene cerca de 25 millones de reproducciones. Narra las vivencias de una pandilla en un barrio sevillano inventado: “Los Banderilleros”. Los actores no son profesionales. Llaman la atención los continuos guiños a la cultura de masas: series, personajes, programas de televisión… El resultado es hilarante, heterodoxo y mordaz. Sin concesiones a la autocensura ni a la corrección política. Se emite en TNT, en las plataformas de TV de pago. Hay capítulos patrocinados por el Ministerio de Cultura y otros por una empresa que se dedica a comercializar productos para el cultivo del cannabis.

Guty Montana TV

Grafitero y rapero catalán que se ha inventado un canal de televisión al estilo de la MTV en el que hace monólogos. En Youtube tiene algo más de un millón de reproducciones. El estilo es provocador: desde videos en los que pinta coches de los Mossos de Escuadra hasta otros en los que arremete contra otros raperos (como Nash o Tote King) o pinta encima de los trabajos de otros grafiteros (lo que llama hacer un insolidario).

Los monstruos eran ellos (I)

Facebook, Twitter, Youtube, Google+… están llenos de monstruos. Personas y personajes singulares que en muchas ocasiones son capaces de congregar a millones de usuarios: Lady Gaga, la locuaz Anoying Orange, los buscavidas del barrio Banderilleros (Malviviendo) o el chaval que canta “Soy Cani”. ¿No será que los monstruos eran los otros, los éxitos de la cultura de masas?

La línea del tiempo es la que nos lleva del orden al caos, la entropía. Es la tendencia natural de las cosas. Si tiramos un plato, se rompe; pero si tiramos los trozos, nunca obtendremos un plato. Si aún así nos empeñamos en recomponerlo, utilizaremos una energía que provocará todavía más caos.

La cultura de masas obligó a dedicar grandes cantidades de energía a ordenar la diversidad social para adaptarla a sus características. Encuestas, estudios de mercado, propaganda, manipulación, publicidad… Todo para lograr un consumo masivo. O bien adaptando el producto a la masa (sobre todo al principio) o bien adaptando la masa al producto.

Una de las grandes herramientas de la cultura de masas para el logro de esos objetivos ha sido el control de la información y su difusión. La televisión, sobre todo, y antes la radio y los periódicos, eran el embudo a través del cual los millones de “trozos” de la sociedad (identidad, personalidad, diversidad, gustos, preferencias, necesidades…) se iban convirtiendo en el “plato” de una sociedad masificada.

Por eficiencia, lo conveniente era crear unos estándares. Y la principal estrategia ha sido la aspiracional: crear un mundo perfecto y deseable: personas guapas, o fuertes, casas y coches caros y buenos sentimientos: paz, amor, justicia. Es decir, que no nos viéramos reflejados en el espejo de lo que somos, sino de lo que desearíamos (o aspiramos a) ser. Resumiendo, todo lo que tienda a parecerse a la familia Pitt-Jolie es normalidad, y todo lo que se aleje, monstruosidad.

En una entrada anterior comparaba la entropía de esta primera fase de desarrollo de las redes sociales en la internet con el Big Bang. Todavía prevalece el orden representado por las plataformas a través de las que discurre casi todo. Fundamentalmente Google, Facebook, Twitter y Youtube. Y los proveedores de la infraestructura, como Telefónica en España, dedican sus energías a buscar alianzas con ellas para mantener el orden (establecido). Pero sus objetivos son diferentes. A las plataformas que acogen de forma virtual a las redes sociales no les importan los contenidos. Lo suyo no es la cultura de masas (ordenada), sino las masas en sí mismas (caóticas).

En el ámbito de los contenidos es donde el caos avanza a mayor velocidad. Es lógico si tenemos en cuenta que cada usuario tiene la capacidad de crear sus contenidos y hacerlos accesibles a millones de personas.

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