El viejo “Nuevo Periodismo”

“Javier apenas pudo dormir una hora en una posición incómoda, rodeado de archivadores y fotografías sueltas. A las nueve de la mañana había llegado el hombre que se encargaba de limpiar la redacción. Aunque se empeñó en no hacer demasiado ruido, acabó por despertarlo. Fue al cuarto de baño para desperezarse y cepillarse los dientes y se dispuso a hacer algunas llamadas. Puta resaca.

El director no llegó hasta pasadas las once y media. Antes de entrar en su despacho, Javier se arregló un poco. Aún así, la ropa conservaba todos los hedores concentrados en aquel sótano en el que había estado hasta las seis bebiendo güisqui y jugando al futbolín con un grupo de putas y travelos.

– Creo que tengo una buena historia, –dijo, sin casi saludar.

El director, un periodista que ya pasaba de los sesenta, estaba acostumbrado a aquellas irrupciones. Aquel hijo de puta era un golfo, pero escribía como los ángeles (como los ángeles que escribían muy bien). No era un hombre de muchas palabras. Solo asintió, como invitándolo a hablar.

El joven intentó sintetizar. Un importante político que organizaba fiestas sexuales en un parador nacional se había metido de lleno en el negocio de trata de blancas. Gracias a su influencia, la policía de la frontera con Portugal hacía la vista gorda. Las chicas llegaban de Brasil al aeropuerto de Oporto. Una de ellas había logrado escapar, y Javier la tenía localizada en Curitiba, la capital del Estado brasileño de Paraná.

El director hizo un cálculo mental de los gastos: billetes de avión, hoteles, alquiler de coche, propinas para las fuentes…

Javier insistió. –Si sale, nos cargamos a ese cabrón.

El viejo periodista disimuló su entusiasmo. Envidiaba el brío del plumilla, que le recordaba a sí mismo años atrás:

– Está bien, compro. Ve a casa y duerme un poco, anda… Pero antes pide en secretaría que te saquen los billetes y te hagan las reservas. Si puede ser, sal mañana mismo.”

Arranque del reportaje “gonzo” del número de junio de RS sobre la Ribera del Duero (zona española del vino underground y contra-cultural, como todos sabemos).

¿Y nos preguntamos por las razones de la crisis de los periódicos? Cuando empecé a trabajar, hace cosa de un cuarto de siglo, los novatos llegábamos a las redacciones cegados por los atractivos del “nuevo periodismo”, aquel género que instauró Truman Capote con “A sangre fría”. Pero eran ya muy pocos los medios que entonces apostaban por esta vía, que implicaba apostar por el periodista y por el lector. Y la tendencia era ya la de apostar por el poder y la empresa periodística.

Nos parecía un suicidio. Empezaron a surgir facultades que no paraban de fabricar periodistas, y periódicos que concentraban todas sus esperanzas de rentabilidad en las “ayudas” públicas y en la vanidad de empresarios locales dispuestos a ser accionistas con tal de ver su foto publicada.

La enorme oferta de periodistas y periódicos imposibilitó cualquier intento de apostar por la calidad. Y algunos intentaron llenar de razón lo que no era más que un deterioro del producto obligado por la elección de un mal camino. Los periódicos asumieron el estilo de las agencias y difundieron la idea de que la objetividad era una cualidad de la información. Una promesa que, por otra parte, no serían capaces de cumplir: cambiaron la subjetividad (del periodista) por la manipulación (del poder y de la empresa editorial). Era mucho más barato.

Y en esto llegó la Web 2.0, y llegó la crisis económica. La comunicación en red a través de ordenadores y dispositivos personales abrió un mundo de posibilidades a la transmisión fría, aséptica e inmediata de información. Justo la información que los periódicos habían acostumbrado a consumir a los lectores. Y, los poderes políticos y económicos, con esta nueva herramienta a su disposición, y con la presión de la crisis económica, dejaron de dedicar el dinero a “subvencionar” algo que ya no es más que alimento para la propia vanidad.

Carta atribuida a Hunter S. Thompson en la que rechaza en nombre de “Rolling Stone” un texto. Sin pelos en la lengua.

Abro el último número de la revista “Rolling Stone” y me encuentro con que la pieza más larga ocupa seis páginas. El título: “Resacón en la Ribera del Duero”. El texto empieza:  “Morir atropellado a la puerta de un puticlub de aires decadentes, que como reclamo publicitario de estío fabrica carteles con el tentador lema “Hoperación Verano” (sic), no parece el mejor final. Pero sí puede ser el punto de partida para un viaje iniciático por la Ribera del Duero”.

Que Hunter S. Thomson, Kerouac, y toda la banda de los Merry Pranksters nos asistan. En este momento, un buen reportaje sería narrar un viaje en un bus decorado con las portadas antiguas de Rolling Stone, el New York Times, Cambio 16 e Interviu, a través de todos los burdeles de España en los que se prostituye o se ha prostituido el periodismo.

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