Spam, Spam, Spam… urbano

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Spam es una marca comercial, acrónimo de Spiced Ham (jamón con especias) que invadió el mercado del Reino Unido en la Segunda Guerra Mundial. La marca hizo una fabricación especial de conservas para el periodo de emergencia (en la foto). Estaba por todas partes. Esta circunstancia fue convertida por los Monty Python en una hilarante secuencia:

Spam, en su nuevo significado, es aquello que irrumpe en nuestro espacio independientemente de nuestra voluntad. Algo impuesto e invasivo. Y el término se aplica al correo electrónico indeseado, a la aparición de anuncios que no hemos pedido en nuestras redes sociales o al uso ilegítimo de los espacios para comentarios de nuestros blogs.

Pero la internet no es más que un entorno en el que se reproducen los mismos vicios y virtudes que nos afectan en cualquier otro entorno de convivencia y relación.

La ciudad es, para muchos de nosotros, el principal ámbito en el que se desarrolla nuestra vida en común y nuestras relaciones. Las ciudades están plagadas de signos con diferentes funciones, algunos imprescindibles y muchos superfluos: señales de tráfico, indicadores geográficos, expresiones artísticas, anuncios publicitarios y anuncios informativos (o rótulos).

La confusión entre estas dos últimas funciones, la publicitaria y la informativa, es el origen de una forma de spam, amparada por la inexistencia de ordenanzas específicas o, al menos, de unas normas generales sobre el uso de los espacios urbanos con objetivos informativos privados. Cuando los rótulos se quieren convertir en anuncios, el resultados es un caos de signos que invaden el espacio público: a alturas inadecuadas, sobre las aceras y fuera del espacio de la propiedad, con estridencias tipográficas y de color irrespetuosas con la coherencia urbanística y la belleza arquitectónica. Las aceras, la calzada y el urbanismo son públicos. En un entorno regulado podríamos decir que son “de propiedad pública”. Y esa invasión indeseada de un entorno ajeno no es sino spam.

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El caos provocado por la ausencia de normas sobre rotulación no solo afecta al paisaje urbano, sino que hace que los signos pierdan toda su eficacia.

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En ocasiones, los rótulos sobrepasan las líneas de las fachadas y compiten visualmente con elementos arquitectónicos, como farolas, árboles, etc. Las marcas invaden un espacio que no les pertenece y, además, impiden dotar de coherencia visual al conjunto.

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El uso de las medianeras con fines publicitarios sí suele estar regulado por ordenanzas. No así los rótulos que aparecen en balcones y otros elementos en edificios que muchas veces están protegidos por su valor histórico o arquitectónico.

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Una rotulación que respete la línea de la fachada y la altura destinada a uso comercial, sin estridencias de color o tipográficas, puede perfectamente pasar a formar parte del paisaje urbano y embellecerlo.

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Y, en cualquier caso, es posible rotular e informar sin invadir un espacio que no nos pertenece. En la fotografía, la rotulación, con una buena elección tipográfica, se hace desde el interior de la tienda, en el escaparate.

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