La era de la confusión. Redes sociales

El emperador está desnudo

La velocidad a la que marcha la Historia es proporcional a la velocidad con la que circula la información. Desde la creación de las comunidades humanas con el desarrollo de la agricultura hasta la Revolución Industrial, la Historia avanzó al ritmo con el que Filípides corrió con su mensaje de Maratón hasta Atenas o, como mucho, con el que Miguel Strogoff cabalgó entre Moscú e Irkoutsk. Los avances de un ejército, la estrategia de un enemigo o las intrigas palaciegas eran los argumentos de unos mensajes que condicionaban la prosperidad y el bienestar de los pueblos.

La marcha de la Historia se aceleró con el desarrollo de las máquinas: la locomotora, la telegrafía, el cine, la radio, el teléfono…

De acuerdo con la caracterización que hace Alvin Toffler, la Historia está conformada por una sucesión cada vez más rápida de olas. La primera, con una duración de miles de años hasta la Revolución Industrial; la segunda, de un par de siglos hasta el cenit de la comunicación de masas; la tercera, de unos años hasta la web 2.0 y una previsible desmasificación…

Hoy, la marejada de la Historia nos abruma y asistimos a fenómenos de gran trascendencia que pueden durar unos años, unos meses, o unos días: el modelo de Napster de intercambio P2P, las wikis, Megaupload, y ya veremos si también Youtube, Facebook y Twitter. Por el camino se habrán cargado a la Enciclopedia Británica, a la industria discográfica, al cine, al modelo de Estado y a la economía mundial.

Pero es un camino sin retorno, una aceleración de negaciones sucesivas que ni los más avezados cazadores de tendencias o futurólogos serán capaces de prever. Ambos, “coolhunters” y “futurists” son los gurús del presente, y su presencia es inevitable en foros, conferencias y despachos donde se diseña la gestión estratégicas de las grandes compañías y de los Estados.

Esa marejada tiene una explicación científica en la teoría del caos. En el tupido entramado del flujo de información en red es fácil que una misma causa tenga efectos muy diferentes. Bastará con que haya pequeñas modificaciones en algún punto de la red, un leve aleteo de mariposa.

Estamos todavía en un momento de confusión inicial. Aquellos que hasta ahora han controlado la información en los medios de masas intentan por todos los medios adaptar la red a sus intereses. Pero la red se revela como un monstruo indomable, que se rebela ante los intentos de control.

Y se producen paradojas, como la salida a bolsa de Facebook y la inmediata sucesión de ataques especulativos que todavía está sufriendo. La paradoja está en que las redes sociales son enemigas de la especulación, precisamente por ese aspecto indómito de su identidad.

El ejemplo de lo que pasa con los bancos puede aclarar esta afirmación. Hasta ahora, la evolución de los bancos ha estado ligada a las percepciones. Quienes se encargan de medir riesgos reputacionales saben que nunca es bueno que las percepciones se sitúen muy por encima de la realidad. En cambio, las características de los bancos hacen que sus beneficios dependan de que la percepción esté por encima de la realidad. Por eso han maquillado año tras años sus cuentas de resultados. El pánico, es decir, una caída súbita de las percepciones, lo arrastraría todo consigo. En el lenguaje bancario y de las grades compañías, la reputación es seguridad y la ausencia de ella, riesgo y depreciación. Cualquier paso atrás, por mínimo que sea, es un gran desastre. En el caso de Facebook, por ejemplo, el “fracaso” de las cotizaciones se debió a una caída de un uno por ciento en un mes en el número de usuarios únicos mensuales. Y Facebook tiene 900 millones de usuarios únicos mensuales, logrados tras un vertiginoso crecimiento desde cero en apenas unos años.

La mayor parte de esa reputación se sostiene en el control de la información. Y, con los medios de masas, es relativamente sencillo. Son empresas que no justifican sus cuentas solamente con la demanda de lo que producen. Si los periódicos dependieran exclusivamente de los lectores, o las televisiones de los espectadores, la mayor parte habrían desaparecido hace tiempo. Por eso lo que venden es capacidad de influencia y reciben a cambio financiación, crédito o publicidad.

El actual caos provocado por la capacidad que tienen las redes sociales de compartir información a través de la internet hace que en cualquier momento pueda surgir un economista incontrolado o un blogger seductor o un ingenioso video-aficionado que diga que el emperador está desnudo, que trate de nivelar percepciones y realidades. Y en un escenario de caos, este aleteo de mariposa puede convertirse en una gran tempestad.

Durante el proceso de solicitud de rescate financiero por parte de España ha sido toda una experiencia seguir las informaciones a través de la prensa internacional. Los medios españoles trataron denodadamente de contener una información que en Alemania o el Reino Unido ocupaba las portadas. Trataron, tal vez hasta con sentimiento de responsabilidad, de salvar los muebles de las percepciones internas manteniéndolas lejos de una realidad clamorosa. Y eso, hoy, es imposible.

Esta realidad es la que podría explicar el fracaso de todos los intentos de superar la crisis actual con métodos ortodoxos, o académicos, o tradicionales

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