¿Por qué se dicen tantas estupideces en las redes sociales?

El otro día, después de la final de la Eurocopa, la televisión conectó con la casa donde el entrenador Antonio Camacho celebraba el triunfo con su numerosísima familia. Todos se habían dispuesto como para una foto, con mucho cuidado para que pudiéramos ver todas las caras. Por su aspecto, aquella multitud desteñía la imagen de la pantalla hasta hacerla parecer en blanco y negro. Era una estampa a medio camino entre una escena de Buñuel y el reality show de la familia de Ozzy Osbourne. Trending topic en Twitter, seguro.

Lo verdaderamente asombroso es que #Camacho se encumbró a la célebre estadística de las tendencias de conversación en poco más que unos segundos. No fue una reacción en cadena, sino una explosión espontánea. De repente, a un montón de tuiteros les apeteció tuitear sobre lo mismo. Digo tuitear tras haber pensado en referirme al uso de Twitter como hablar y como escribir. Pero no es ninguna de las dos cosas.

En estos días en los que tanto se habla del campo de Higgs, creo que el momento en el que se encuentran las redes sociales es como esas milésimas de segundo que sucedieron al Big Bang. Hay un campo elemental que adquiere dimensiones gigantescas en el que mínimas vibraciones se convierten en eso que los físicos llaman bosones. Y es ahí, en esa nada inmensa, donde eso que ni es una onda ni es una partícula tiene que llegar a ser ondas y partículas, estrellas y personas, ocio e información…

Me imagino llegar a un estadio de fútbol lleno de gente y poder discernir cada una de las palabras que se pronuncian en cada momento. Es seguro que la inmensa mayoría de las cosas que se dicen no me importarán en absoluto. Es más. La inmensa mayoría de las cosas que se dicen serán para mi estupideces, nimiedades, intrascendencias, minucias… ¿Qué me puede importar a mi, por ejemplo, la conversación que inician dos personas que tropiezan en una grada remota?. Si se enamoran, para ellos aquel momento tal vez cambie el rumbo de sus vidas. Y si, con el paso del tiempo, tienen una hija que se convierte en la científica que encuentra una vacuna universal y definitiva para el cáncer, aquel tropiezo habrá cambiado el rumbo de la Historia. Estas cosas pasan. O mejor, así es como pasan las cosas.

Nos empeñamos en ver las redes sociales como una evolución de los medios de comunicación social y, en concreto, de los medios de comunicación de masas. Por alguna razón las relacionamos con el correo, con el teléfono, con la televisión, con los periódicos, con libros y películas… Y, efectivamente, como sucede en estos medios, por la red circulan palabras escritas y habladas e imágenes. Pero palabras e imágenes no son más que una representación de otra cosa. Como las sombras que se adivinan desde la caverna del mito platónico.

Es esa confusión con los medios de masas lo que nos lleva a sobrevalorar los criterios cuantitativos: lo más tuiteado, lo más consultado, lo más visto, lo más…

En el estadio de fútbol han coincidido los obsesos con las fotografías de gatos (que gracias a las redes sociales sabemos que son un montón), la pareja tal vez a punto de enamorarse, apocalípticos, ñoños, revolucionarios, estudiantes, profesores, jugadores de roll, místicos, poetas, groseros, físicos teóricos, informadores, creativos, viciosos, sabios… y una multitud que aspira a sentir el amparo de la empatía, comprobar que lo que ellos sienten lo sienten también los demás: mientras escribía esto, por ejemplo:

En esta fase de confusión, en la que las redes sociales han irrumpido con furia incontrolable, no hay todavía oportunidades para los contenidos. Las utilidades que nos permiten comunicarnos en red tienen propietarios, y entre sus objetivos no están desde luego los contenidos. Los contenidos dividen: por intereses, por afinidades, por gustos, por necesidades… pero lo que quieren empresas como Facebook, Twitter o Google son usuarios. Cuantos más, mejor.

Y no hay nada más atractivo para los humanos que la empatía. Por eso los monologuistas de éxito empiezan sus intervenciones diciendo: ¿A ustedes no les ha pasado que…? Si acierta, y nos ha pasado, lo vamos a entender y sabremos ponernos en su lugar.

Es una situación que no se podrá prolongar mucho en el tiempo. Nos cansaremos de decir estupideces y genialidades indiscriminadamente y, en ese momento, habrá que (utilizando el concepto de Toffler) desmasificar las redes sociales. Nos tendremos que responsabilizar de nuestros contenidos, que tendrán que dejar de ser propiedad de los proveedores de los servicios.

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