El niño pistola

Un colegio de Estados Unidos obliga a unos padres a cambiar el nombre de su hijo sordo porque en el lenguaje de los signos se parece al gesto de disparar un arma y, al mismo tiempo, la Corte Suprema del Estado de Colorado obliga a la Universidad a permitir que sus alumnos porten armas de verdad.

La comunicación es la capacidad de las personas para representar con signos la realidad. Lo simbólico no está únicamente en los signos, sino que puede estar también en los objetos. Pero, en cualquier caso, la representación, la abstracción, no es sino una interpretación, una subjetivización de la realidad. Es este carácter de la comunicación el fundamento del psicoanálisis, sobre todo en Lacan.

Un modelo judicial excesivamente fundado en la common law, como el anglosajón, corre el riesgo de que este poder subjetivizador del lenguaje llegue a pervertir el propio concepto de Justicia. La capacidad de persuasión de las partes se convierte en algo más importante que los hechos objetivos. Como consecuencia de ello, aquella parte más capacitada para “comprar” elocuencia tiene ventaja en un pleito. Y eso lo saben bien los bufetes de abogados que, antes de plantear cualquier estrategia, analizan los aspectos formales del procedimiento para encontrar puntos débiles.

El equívoco entre la sombra y el objeto que la proyecta, el signo y aquello que representa, es también el fundamento de la manipulación informativa, del inmenso poder que han adquirido los medios de comunicación en la cultura de masas.

¿Hasta qué punto no se ha utilizado esta característica de la comunicación como una herramienta de poder?

Esos aspectos formales de las relaciones humanas se denominan “politeness” en inglés. Se trata de un fenómeno cultural y, por lo tanto, subjetivo. Aquello que está considerado correcto en un ámbito social puede ser interpretado como un agravio en otro. La justicia debe alejarse de estos prejuicios como hizo, por ejemplo, la francesa cuando prohibió a las niñas el uso de pañuelos en la cabeza durante las clases.

En los últimos días, dos noticias aparecidas en la prensa norteamericana nos muestran hasta qué punto el equívoco entre el signo y su representación puede rozar el ridículo en una sociedad excesivamente “polite”.

La primera tiene como escenario una escuela de preescolar de Nebrasca. Los responsables del centro han obligado a los padres de un niño a cambiarle el nombre porque su representación en el lenguaje de signos es el gesto de un hacer disparos. Resulta que el niño se llama Hunter (cazador en inglés) y, según la convención SEE (Signing Exact English), así es cómo se representa esa palabra. Según el colegio, el nombre del niño atenta contra la política de armas de las escuelas públicas de Grand Island.

La información fue publicada el 18 de agosto. Ese mismo día también se publicaba que la Universidad de Colorado ha tenido que cambiar una norma, vigente durante 30 años, que prohíbe a los alumnos portar armas de fuego en el campus. Y lo ha hecho obligada por la Corte Suprema del Estado de Colorado que apela a una ley de “concealed carry”, es decir, de autorización a portar armas si no se enseñan.

Ambas decisiones se amparan en una misma Constitución cuyas primera y segunda enmiendas se refieren a la libertad de expresión y al derecho a poseer armas.

El niño Hunter no se puede llamar pistola, pero puede llevar una en el bolsillo… ¿Acaso Lacán no encontraría aquí psicosis o, al menos, perversión?

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